Una carta de amor a Girona
Una mañana en el Col·legi de Periodistes acabó convirtiéndose en un paseo por la ciudad que me enseñó a olvidar las prisas.
Marcel Abad Camacho.
10/27/20263 min read


Hoy tenía el día libre en el trabajo y decidí aprovecharlo para algo que llevaba días pendiente: conocer la sede de la Demarcació de Girona del Col·legi de Periodistes de Catalunya, donde había concertado una cita con mis colegas de profesión para ver el espacio, resolver dudas y, por qué no, darme a conocer y empezar a hacer contactos.
Allí pasé una hora larga, quizá algo más, y me marché ilusionado, con una bolsa cargada de libros, una taza, revistas y ejemplares del código deontológico de los periodistas de Cataluña, además de la satisfacción de haber dado un paso más en mi aún breve carrera periodística. Una vez terminada la visita, decidí irme directamente a casa, a Roses, pero Girona tenía otros planes.
La ciudad que me atrapó en la Plaça del Vi
Bastó con salir de la demarcación y llegar a la Plaça del Vi para que la ciudad me atrapara. Es difícil explicarlo: no había nada urgente que hacer ni ningún motivo para quedarme, pero surgió un sentimiento que me hizo querer pasear. Con la mente en blanco y sin ningún plan, empecé a caminar sin rumbo, como quien se reencuentra con un viejo amigo y no tiene ninguna prisa por despedirse.
Durante el paseo, recordé varias cosas, entre ellas mis cuatro años de carrera, de los más felices de mi vida, que transcurrieron, efectivamente, en la capital gerundense. Desde pequeño he estado enamorado de Girona: de sus calles, especialmente las del Barri Vell, de su ambiente y de su comercio local. Hoy, además, tuve la suerte de coincidir con las Fires de Girona, con las que la ciudad gana un encanto añadido, lo cual no es poca cosa, porque cuesta imaginar que Girona pueda ser más bonita.
Un mercado que debería ser eterno
Uno de los grandes atractivos de estos días son las paraditas instaladas en la Plaça de la Independència y sus alrededores. Castañas, quesos, embutidos, joyas, perfumes y mil productos más forman un pequeño mercado que, si por mí fuera, debería ser eterno. Me detuve en ellas, las recorrí con calma y me dejé llevar por los olores, los colores y el murmullo de la gente.
Sin saber cómo, terminé en la catedral
Sin darme cuenta, mis pasos me llevaron hasta la catedral. Me senté en lo alto de la escalinata, de cara al templo y a la sombra. Allí, tranquilamente, saqué todo lo que me habían entregado en el Col·legi y fui hojeando los libros, las revistas y los códigos deontológicos.
Fueron unos quince minutos a mi ritmo, sin prisas y sin mirar el reloj, y debo reconocer que los he valorado mucho. Vivimos tan acelerados que a veces olvidamos lo valioso que es sentarse, con un buen paisaje delante y sin nada más que hacer.
La pregunta que no se resuelve
Antes de irme a casa, visité la famosa leona. Allí había un grupo de escolares con su maestra, que les preguntó: “¿Alguien sabe qué dice la leyenda?”. Según la tradición, quien besa el trasero de la leona vuelve a Girona.
Yo lo hice de pequeño, durante una excursión con la escuela. Y aunque no soy una persona de religiones, energías ni creencias, esa leyenda siempre me ha dejado pensativo, con una pregunta flotando: “¿Y si es verdad?”. Miré al grupo de niños y me pregunté si, entre ellos, habría alguno que, como me pasó a mí, se quedara cuatro años de universidad en Girona y acabara encariñándose de ella para siempre.
Escribir para volver
Al llegar a casa ordené todo lo que me habían entregado y me puse a redactar este texto. Tenía la necesidad de dejar constancia de un día tan tranquilo en Girona. Supongo que su encanto me ha acompañado hasta ahora y que he tenido que plasmarlo por escrito para que, cuando me sienta lejos de ella, pueda volver a sentirla cerca.
Porque Girona me permitió, en solo cuatro años, ser una persona más madura y reflexiva. Y quizá por eso, aunque ya no se pueda besar al trasero de la leona, sé que siempre volveré.
Catedral de Girona y Río Onyar, Marcel Abad Camacho. 27/10/2026.
